
"CUENTOS DESDE DONDE EL CORAZON PADECE"
Autor: Jorge A. Sierra
Noche eterna que nunca acaba
Al caminar, Matilde parecía llevar el viento dentro de su cuerpo. Un par de carbones encendidos que miraban con pasión, y las dos cúpulas de bronce que Dios le dio por senos, despertaban la lujuria de los hombres y el murmullo de las lenguas viperinas del barrio.
"Préndeme fuego si quieres que te olvide, méteme tres balazos en la frente, haz con mi corazón lo que tú quieras..."
Todos los viernes solíamos esperar largas horas para verla salir del colegio –zapaticos de charol y medias blancas tobilleras adornando un par de piernas gruesas, delineadas, que llevaban donde los suspiros se cortan– y sólo una sonrisa, un saludo lejano e impersonal de ella que siempre nos robaba la brisa, nos bastaba para frotarnos las manos y hablar entre dientes durante una semana, de cuanta ensoñación erótica se nos ocurría.
"Adoro la forma en que me miras, y hasta cuando suspiras, yo te adoro, vida mía…"
Pero Matilde no estaba interesada en ninguno de nosotros. Precoz adolescente, su cuerpo pedía otros brazos y experiencias, incapaz de anidarse en ninguna de nuestras raquíticas humanidades. Nadie había cumplido aún los quince años y todavía creíamos que, efectivamente, los besos sabían a miel y que la historia de Romeo y Julieta sucedía todas las noches en los barrios vecinos.
Quien más se atrevió fue Álvaro, quien tuvo la osadía de confesarle una tarde de carnaval –eso nos dijo– sus sentimientos desbordados. Pero Matilde lo tomó como un chiste y sólo le contestó: "¡Ay, que rico!" Eso decía siempre que oía una frase afortunada.
Cuántas veces aseguramos que en el próximo baile sí se le declararía Jorge, o Javier, o de pronto yo, pero nada. Las noches giraban en el infinito del cielo mientras otros hombres llegaban a nuestras mesas con la convicción absoluta de sacar a bailar a Matilde, y se la llevaban. Con ellos no bailaba como con cada uno de nosotros una sola pieza, sino que danzaba tres, cuatro, cinco melodías, y hubo veces en que ya no regresó.
"Vuelve, pedacito de mi vida, yo te lo suplico por Dios, no hagas desdichado a mi corazón…"
Jurábamos entonces que no le volveríamos a hablar, o que no le pediríamos a su papá el permiso para que la dejara salir con el grupo en la próxima fiesta. Pero una sola sonrisa de ella, una simple frase acariciadora llamándonos, nos hacía creer en un mundo futuro lleno de soles de mediodía.
Un día supimos que a Matilde la visitaba un contrabandista. Los rabiosos celos que nos consumían, no pudieron destrozar la solidaridad de género con aquel hombre extraño que disfrutaba de sus encantos en un cuartito de motel con aire acondicionado, –especulábamos– whisky en las rocas, música suave en penumbras y ella, Matilde, desvistiéndose lentamente para él, tal como vimos en la película del sábado en el teatro Bolívar, que hacía Sofía Loren frente a Marcelo Mastroniani.
“Cada parte de ti, tiene forma ideal, y si estás junto a mí, coincidencia total de cóncavo y convexo, así es nuestro amor, en el sexo…"
Después, perdimos la cuenta. Muchos disfrutaron esa fruta apetitosa de Matilde. Muchos, menos nosotros. Pero ella seguía allí, igual, como si nadie hubiese tocado ni siquiera con una pluma esos brazos, esos pechos, esas piernas, ese vientre que cuántas veces se nos insinuó por medio de sus blusas ombligueras.
En las verbenas de todos los domingos, apostábamos, moneda al aire, quién bailaría con ella "Llorándote", para apretarla y sentir, al menos por tres minutos, esa dureza de pechos y piernas tan cerquita de los sueños más sublimes.
"Te adoro mujer divina, porque en realidad yo pienso que de mi dolor inmenso, tú tienes la medicina…"
Pero la vida es un carrusel que nunca se detiene. Los días suceden a los días, las noches suceden a las noches, y allí agazapado siempre está el dolor, como celando esos instantes felices que no tendrían por qué desaparecer. Pero desaparecen. Así que un aciago día supimos que Matilde se nos casaría.
"Blanca y radiante va la novia, la sigue atrás, un novio amante…"
La noticia con todo y tarjeta, nos la trajo Elena. Estábamos debajo del palito de ciruela frente a la casa de Alejandro y se la entregó a Alberto al desgaire, como algo sin importancia, pero con la certeza de que por dentro todos lloraríamos un poco. Se hizo un silencio denso y tanto nos dolió aquel casamiento, que buscamos las excusas más baladíes para no ir a su fiesta.
Vimos desde la esquina las cajas de cerveza, de whisky, las ollas con comidas, las mesas cubiertas de manteles blancos y hasta los primeros invitados: los hombres, sin excepción, con trajes oscuros o negros; las mujeres, luciendo largos y brillantes vestidos. De lejos nos llegó el rumor de la música hasta la madrugada y, casi saliendo el sol, observamos irse a los últimos convidados.
Nosotros, los siempre enamorados de Matilde, ya estábamos a punto de cumplir los veinte y, sin nombrar siquiera aquel sordo amor, nos dedicamos a consumir durante toda la noche dos botellitas de ron con la secreta y tonta esperanza de que los otros no sospecharan lo que sentía cada uno.
"Esta noche quiero brandy para entrar en calor, que el invierno está arreciando y yo tengo frío…"
Doce largas y eternas horas duró aquel purgatorio que de improviso, como una bocanada de fuego, se nos volvió un infierno con un golpe seco y rotundo en el centro del pecho.
La vieja Etelvina, la más chismosa del barrio, se relamía los labios infames contando que a Matilde la devolvió el novio esa misma noche de bodas, porque no era señorita.
Muchos sospechábamos que no lo era, y podía intuirse que por sus llegadas –siempre a la madrugada– y las constantes escapadas con sus fugaces novios a las playas de Salgar, del Rodadero, de Bocachica, todos tenían que haberla poseído hasta el cansancio.
¿Por qué al hombre que quiso llevarla al altar fue al único que no quiso entregarse previamente Matilde? Era algo que jamás entenderíamos, pero que tenía una lógica pueril para las envidiosas del barrio.
"Cómo quisiera decirte, algo que llevo aquí dentro, clavado como una espina y así va pasando el tiempo..."
Que los hombres jamás se casan con una mujer que no sea virgen; que ella solo quería vestirse de blanco sabiendo para sus adentros que no merecía, a los ojos de Dios, tamaño desatino, pero que con tal de casarse... Que era para darles envidia a todas las muchachas casaderas del barrio, que a pesar de su decencia nadie se les acercaba como un buen partido y una propuesta seria. Que ella jugó un albur: el hombre, por vergüenza, no la devolvería. En fin, siempre nos quedó la duda rondando como un fantasma gris y maligno que se complacía en torturarnos.
Hasta anteayer, cuando llegó a la casa de Efraín y me saludó con el mismo beso en la mejilla, esos mismos ojos matadores y sus cejas arqueadas como esperando siempre una buena noticia. Sonreía con unos dientes albos y brillantes, y llevaba el mismo carmín rojo intenso que usaba los domingos para ir a bailar con nosotros. Fantaseé con encontrar el mismo talle preciso, ese perfume embriagante que nos consolaba de la falta de su amor, y a ambos los encontré.
"Parece que fue ayer cuando te vi aquella tarde en primavera, parece que fue ayer cuando las manos te tomé por vez primera..."
Bailé tres piezas con ella y recordamos aquellos años maravillosos que pensábamos eran felices y que, en realidad, fueron de una amargura sin fin.
De improviso, armado de valor por los whiskys consumidos, le pregunté sin preámbulos por qué la devolvió esa noche aquel hombre infame, si todavía ella seguía siendo, después de más de veinte años, esa misma mujer apetecida y hermosa que todos amamos en silencio. Lo hice sin pensar muy bien las palabras, porque de tanto oír aquellos disparates en el barrio, todos aprendimos a hacernos las mismas preguntas.
Matilde no se sonrojó, como creí que lo haría, ni bajó la mirada, ni cayó en un silencio profundo lleno de tristeza.
Simplemente me contempló con la misma condescendencia llena de arrogancia con que nos miraba en nuestros años mozos y yo percibí que sentía por mí una pena infinita, de mujer madura para con un niño inocente que le ha declarado el amor.
"En mí descubrió el rubor de mi niñez, mi gran amor, turbado le sonreí y comprendió, y comprendió..."
–Marquitos, él jamás me devolvió –su voz tenía el acento del asombro, y usó el diminutivo que siempre había utilizado con todos nosotros como para enfatizar esa distancia insondable en experiencias vividas–. Yo lo devolví, porque él era una mujer metida en un cuerpo de hombre.
No me atreví a preguntarle cuántos habían sido desde entonces sus amores. Ni si alguien la acompañaba ahora, en estos largos inviernos.
Llevé la mano al bolsillo trasero de mi pantalón y saqué mi billetera para mostrarle una foto que conservo, donde estamos todos en la fiesta de quince años de Betty.
Comenzamos a sonreír detallando los peinados que nos hacíamos, los zapatos de plataforma, los pantalones botas de campana que usábamos entonces...
"Suena guitarra, ya es hora. La hora de darle todo el bien que hay en mi alma, ceñirla con mis brazos y protegerla y así amarla como nadie puede. La hora…"
Dulce frío de la madrugada
María, dulce como una oración, enloquecía de amor. Todos los días, tempranito en la madrugada, corría con el viento helado entre los pies y se escondía entre los matorrales para ver partir a su Martín –puñal que atravesaba la garganta– rumbo al campo inmenso que se lo llevaba.
Él miraba de lejos las estrellas que se iban. Sollozaba con un llanto quedito de niño soñando, sin atreverse a contar ni al pensamiento las penas de amor que lo consumían.
Entre los dos, sólo un paso, un instante de decisión los separaba. Tan cerquita galopaban sus corazones, que uno creía ver un beso esquivo danzando entre sus miradas.
Pero él no se atrevía. Aunque pasara el día sonriéndole a su recuerdo, no se atrevía. Ella, mientras rociaba las flores de su jardín, regaba dulzura, llovía gracia de su corazón. Se podía tocar el canto que brotaba de aquellos cuerpos.
Y así pasaban los días y las noches, sin escucharse un lamento; ningún aroma de martirio y pesar; jamás un sollozo que permitiera ofrecer el hombro para que aquel amor se consumara. Y, a pesar de que sólo un grito hubiese bastado para romper esa distancia tenue, ninguno de los dos se decidió a darlo.
Envejecieron. Las manos y los cuerpos se fueron marchitando, pero las miradas no. Aún conservaban ese brillo como de sol contra la quebrada, cuando ambos pasaron los cincuenta.
Se veía que en la intuición suspicaz y honda de los enamorados, cada uno adivinaba las ilusiones que florecían en el pecho del otro, pero concebían aquel amor sordo como un río blanco escondido bajo el secreto de una selva en flor.
Cuando ella murió, Martín fue a la quebrada por la noche y pidió, rotundo, que nadie lo acompañara. Con sigilo lo escoltamos, pues temíamos lo que se sospecha cuando las dichas del amor se han quedado tanto tiempo calladas en el corazón.
Pero no. Él sólo hundió las manos en el húmedo cristal, levantó la mirada y se quedó mucho tiempo observando la copa de los árboles. El fondo de la noche se tragó sus pensamientos. Rociaba agua contra su rostro. Tal vez pensaba que el corazón, a veces, también es un trapito que se limpia con espumas.
Ocho días pasaron y ninguno se arriesgaba a sacarlo de su ensimismamiento.
Cuando encontraron su camisa y sus zapatos al borde de la quebrada, supieron porqué aquella mañana el agua despedía un aroma de amapolas en flor.
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